viernes, 28 de junio de 2013

QUERER QUERER



¿Se puede amar por obligación? ¿no es acaso imposible hacer que vayan de la mano términos tan antagónicos? El sentir mayoritario en nuestros días afirma que nadie puede dictar sus propios sentimientos ni menos aún gobernarlos; más bien al contrario, ellos son los que a impulsos conducen nuestras vidas. Sorprendentemente Dios establece en la Biblia el mandamiento del amor. Aún más extraordinario, Jesús nos manda que amemos a todos sin excepción, incluso a quienes no merecen nuestro amor ni lo corresponden, aún a nuestros enemigos (Mt.5,44). El seguimiento de Jesús no nos deja otra opción que el amor: voluntario, comprometido y gratuito, como el amor de Dios por nosotros. En relación con mis semejantes, como discípulo de Jesús sólo me cabe esta pauta de vida: “yo quiero quererte porque Dios lo quiere y porque Dios me quiere”. Merece la pena considerar esta perspectiva, descabellada para muchos y en las antípodas de los pseudo-valores establecidos en nuestra sociedad. La trilogía saber-querer-poder es una buena estructura para este propósito.


1. SABER. Amar a Dios y al prójimo es, entre otras cosas, un acto de obediencia. Santiago escribe que: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” es “la ley real” (2,8). Pablo escribe: “Toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gál.5,14). Jesús lo llamó “un mandamiento nuevo” (Jn.13,34). Cuando se le preguntó cuál era el gran mandamiento en la Ley citó a Deut.6,5: “Amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”; y a continuación citó Lev.19,18: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt.22,34-40). Así que amar es un mandamiento de Dios que, en Jesús, alcanza la desmesura porque incluye aún a nuestros enemigos: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos” (Mt.5,44).

¿De qué habla el Nuevo Testamento cuando habla de amor? En sus páginas descubrimos que Dios quiere que amemos a todos del mismo modo que Él nos ama a nosotros en Jesús. El amor ágape (ciento doce veces citado en las epístolas de Pablo y ciento trece en los escritos de Juan) es distinto a cualquier otro: es un amor-dádiva[1], es un amor incondicionado que se expresa en términos de abnegación, sacrificio, que no está motivado por ninguna virtud del que es amado ni depende de su respuesta. Sólo Dios puede mostrar de manera perfecta ese amor (Jn.3,16; 15,13; Ef.5,25): así lo ha hecho en la Cruz de Jesús (1ªJn.4,9-10); pero esa es la dirección en la que somos llamados a vivir con todos.


2. QUERER. Al mandamiento de Dios estamos llamados a responder en obediencia comenzando con una decisión, un ejercicio de la voluntad, que dice: “yo quiero, yo quiero querer”, renunciando conscientemente a toda forma de desamor para decidir amar a todos, en toda circunstancia. Amar es una decisión de quien ama, previa a la relación, a la actitud o virtudes del otro. Quien ama, decide hacerlo antes que el otro pueda merecerlo. Este ejercicio de voluntad no violenta la suficiencia de la gracia divina ni la absoluta dependencia del Espíritu Santo. Job puso su voluntad en acción y tomó una decisión: “Hice pacto con mis ojos (RV60): no mirar con lujuria a ninguna mujer (NVI) (31,1). El salmista puso su voluntad en acción y tomó una decisión: “He resuelto que mi boca no haga transgresión” (17,3b). ¿Y no podemos nosotros “querer querer”?, ¿no podemos decidir amar a los demás por encima de todo, tal como Dios nos ama y nos manda? ¿Por qué no decidir que queremos ser bene-volentes (buena voluntad) con todos, y no desesperar de nadie (E. Mounier)?

Sólo hay un impulso suficiente para ese “querer querer”: sabernos amados así por Dios (Rom.5,7-8). Él es la motivación perfecta para decidir amar. En última instancia, el estímulo para amar en esa manera nace de la experiencia íntima del perdón inmerecido recibido de Dios. “Cuando más clara sea nuestra conciencia de la gracia de Dios que se expresa a través de su amor a nosotros, más profundo será nuestro deseo de expresar su amor en relación a aquellos que nos rodean. En otras palabras, cuanto más profundo sea nuestro sentido de perdón, más grande será nuestro amor no solamente hacia él sino también hacia aquellos a los cuales él ama (Jn.7,47). (…) Si somos conscientes de haber sido perdonados mucho por el Señor, no solamente le amaremos en respuesta a su amor sino que permitiremos también que su amor fluya a través nuestro para bendecir las vidas de otros.”[2]


3. PODER. No hay que ser cristiano para creer en el amor: “Soy un ser humano, y la razón me revela la ley de la felicidad de todos los seres. Yo debo seguir la ley de mi razón: debo amar a los demás más de lo que me amo a mí mismo.”[3] Pero una cosa es señalar el camino y otra bien distinta poderlo caminar, convertir esa disposición del bien querer de la voluntad en experiencia amante que los demás puedan experimentar. Para lograrlo debemos comenzar por saber que no podemos fabricar esa clase de amor. “El agape es el amor de Dios que actúa en el corazón del hombre.”[4] La buena noticia es que sobre el suelo bien dispuesto del “querer querer” Dios hace crecer la semilla de su amor, nos capacita para encarnarlo.

Cuando creemos en Jesús nos identificamos con Él (Rom.6,1-6). Así como Él vive en nosotros (Ef.3,17) también su amor mora en nosotros, de modo que podemos esperar que crezca y se extienda hacia los demás. Ese es un ministerio del Espíritu Santo: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom.5,5), es fruto del Espíritu (Gál.5,22). El ministerio del Espíritu Santo en nuestras vidas nos permite pasar del querer amar al poder amar. Y si podemos, debemos. “Poder obrar es deber obrar”[5].


Dicho en términos formales a modo de resumen: “Afirmándose como voluntad que quiere, se sabe la voluntad personalista afirmada como voluntad querida, es decir, como agraciada por la gracia de una Gratuidad que le ha agraciado queriéndola de antemano y sin concurso de mérito propio, a partir de la cual ella misma quiere ya agradecidamente, por cuanto que se sabe favorecida antecedente y consecuentemente, lo cual la convierte a la par en fuerte (por recibir de Otro la fortaleza) y en débil (por no tenerla en sí misma más que a través de la recepción del don), y todo ello no desde arriba sino al lado de los rostros concretos y a su misma altura, porque solamente hay rostro humano cuando existe altura compartida y distancia justa.”[6]

Amar es “un camino más excelente…” (1ªCor.12,31). Amar a otros como somos amados por Dios en Jesús, es el verdadero juez de una vida humana, la medida que descubre cuánto de auténtico valor ha tenido y ha aportado. “Cuando una persona puede orientarse siempre hacia el amor, es una persona feliz, porque el amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, sin fastidios de ninguna clase. El que tiene fuerza para amar, incluso a su enemigo, manifiesta haber aprendido mucho de Dios y de las mejores lecciones de los hombres, por lo que puede caminar con fuerza y seguridad.”[7] De todos nuestros logros en la vida, a la hora del balance final sólo quedará el amor que hayamos sembrado en otros, haya sido o no correspondido. De amar mucho no hay que arrepentirse nunca porque nunca se ama demasiado. Amar es la recompensa; haber amado, el galardón. Todo comienza con una decisión: Querer querer.

Emmanuel Buch Camí
Madrid, Junio 2013




[1] Cfr. C.S. Lewis: Los cuatro amores. Madrid: Ediciones Rialp, 2008. Pg. 27.
[2] T.B. Maston: Ética de la vida cristiana. El Paso: Casa Bautista de Publicaciones, 1981. Pg. 141.
[3] León Tolstói: Sobre el poder y la vida buena. Madrid: Los Libros de la Catarata, 1999. Pg. 55.
[4] Martin Luther King: La fuerza de amar. Barcelona: Aymá Editora, 1970. Pg. 45.
[5] Pedro Kropotkin: “La moral anarquista” In Panfletos revolucionarios. Madrid: Editorial Ayuso, 1977. Pg. 204.
[6] Carlos Díaz: Yo quiero. Salamanca: Editorial San Esteban, 1990. Pg. 140.
[7] Juan Luis Rodrigo Marín: Fruta nueva. Madrid: Sociedad Bíblica, 1996. Pg. 26.