martes, 12 de marzo de 2024

VIDAS SIN MANCHA NI CONTAMINACIÓN (Filipenses 2,15)


Nací en Puerto Sagunto (Valencia), junto al mar Mediterráneo. Hoy su playa tiene premios europeos pero hace unas décadas era un desastre: el puerto que servía a la siderúrgica cercana recibía y despedía barcos mercantes que ensuciaban la playa sin ningún rubor. Era frecuente salir del agua manchado de todo tipo de porquería, sobre todo alquitrán que no se despegaba del cuerpo ni aún frotando con lejía. Todos hemos visto imágenes similares en televisión: cómo las rocas, las gaviotas, se manchan de petróleo y la vida se hace imposible.

Esa contaminación ensucia los cuerpos pero existe otro tipo de contaminación que mancha el alma humana; manchas que arruinan la vida espiritual. De esa contaminación y de esas manchas nos advierte la Palabra de Dios; nos enseña a identificarlas, evitarlas y limpiarlas.

 

1. UNA GENERACIÓN MALIGNA. “Una generación torcida” (NVI) “Un mundo lleno de gente perversa y corrupta” (NTV). Es imposible asomarse a la calle sin que nos golpeen por todos los medios noticias de suciedad y contaminación moral: políticos corruptos (y quienes disculpan la corrupción si son “nuestros corruptos”, que más corruptos son los otros), famosos que alardean de sus “relaciones abiertas” que no son sino adulterios e infidelidades, opositores que falsean sin rubor sus curriculum para ganar puestos en las oposiciones de méritos, …y por supuesto, asesinatos, robos, violaciones, …

¿Qué hace un cristiano como tú en una sociedad como esta? Así como quien vive junto a un vertedero termina por no percibir el mal olor, el discípulo de Jesús corre peligro de dejar de percibir contaminación alrededor y llegado ese punto, mancharse también su alma sin darse cuenta de su propia suciedad espiritual. El Señor en su Palabra nos exhorta a un llamado inexcusable: “llevar una vida limpia” (NTV).


2. HIJOS DE DIOS SIN MANCHA (deshacer una excusa). Parece que el pensamiento de algunos es: “dado que todo es un asco, seamos todos asquerosos, revolquémonos todos en la suciedad”. Pero no todo es un asco. Ni todos asquerosos. En el mismo periódico que leo de miserias morales y corrupción leo de un matrimonio madrileño que en 9 años ha recibido en acogida a 14 bebés tutelados por la Comunidad de Madrid. Un matrimonio cincuentón, él empleado de banca y ella ama de casa, padres de tres hijos propios. Un matrimonio en el que uno al menos debe teletrabajar para atender los bebés y en el que ambos asumen las renuncias propias de la paternidad y la maternidad, además de no pocas limitaciones como no poder viajar fuera de España[1].

No, no todo es un asco ni es inevitable chapotear en la porquería moral que nos rodea, ni menos aún dejarnos contaminar el alma. Todo lo contrario: la Palabra de Dios nos exhorta a alimentar el alma, a pensar en: “todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; …” (Filip.4,8). En otras palabras: alimentar el alma con todo lo que sea inspirador, donde quiera que sea que lo veamos. Y dicho a la inversa: cerrando el corazón a toda forma de suciedad moral, venga de donde venga.

Esta primera medida nos debe llevar a examinar de qué ingredientes nos alimentamos espiritualmente. ¿Qué serie estás viendo? ¿Qué novela estás leyendo? ¿De qué amistades te rodeas? ¿Cómo son tus conversaciones? ¿Qué paginas de youtube visitas? … ¿Qué te aportan? ¿Qué pensamientos despiertan? ¿Qué emociones, qué deseos te producen?

Cuando entras en el mar las olas te salpican inevitablemente. Si el agua es limpia, limpia tu cuerpo y ayuda a cicatrizar tus heridas, … Si el agua está sucia de alquitrán, te llevarás el alquitrán a tu casa. Si dejas salpicar tu alma de porquería, la porquería se apoderará de ti. Así como aquellos que tienen que limpiar de suciedad las playas se cubren con ropaje protector, el cristiano debe aprender a vivir cada día cubierto con “toda la armadura de Dios” (Ef.6,11).

 

3. POR AMOR DE CRISTO (3,8) (deshacer otra excusa). Demasiado a menudo vemos que la maldad tiene éxito en nuestra sociedad. Ya lo registraba el salmista: “Vi yo al impío sumamente enaltecido, y que se extendía como laurel verde” (Sal.37,35). ¿Cómo negarlo? ¿Para qué debería estudiar una joven y acabar con un trabajo mal pagado cuando puede ganar más dinero del que podemos imaginar apareciendo desnuda en only fans, o ofreciéndose como sugar baby? ¿ Por qué tendría que madrugar un joven para ir al trabajo y ganar apenas nada si puede hacerse millonario trampeando de mil maneras? ¿Por qué ser virtuoso y no un miserable moral?

Pablo, que escribe desde la cárcel, que tiene que ver cómo otros, “cuyo dios es el vientre” (3,19), tienen “éxito” entre algunos cristianos, escribe a pesar de todo: “para mí el vivir es Cristo” (1,21), “cuantas cosas eran para mí [y lo siguen siendo para otros] ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo” (3,7). Sólo la fascinación por Jesús, sólo un corazón atrapado por el amor con que Dios nos trata en Jesús, será riqueza suficiente para resistir la tentación de “otras riquezas”. Sólo quien está convencido de haber hallado en Jesús una perla preciosa está dispuesto a renunciar a todo por Él (Mt.13,45-46).

 

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Esto mismo repetía mi abuela materna. Una mujer sencilla, de vida humilde en una masía de Lleida, que lo perdió todo en la guerra civil y después sufrió no sólo la pobreza sino el estigma de ser protestante. Pero decía a menudo: “aunque no hubiera cielo, ha merecido la pena obedecer al Señor”.

Dios es santo, puro, sin mancha. Y Suya será la última palabra. Por eso: “No te alteres con motivo del que prospera en su camino, por el hombre que hace maldades. (…) Mejor es lo poco del justo, que las riquezas de muchos pecadores. Porque los brazos de los impíos serán quebrantados; mas el que sostiene a los justos es Jehová.” (Sal.37: 7,16-17). “Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad. Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón.” (Sal.37,3-4). Creo a Jesús cuando dice que la puerta ancha lleva a la pérdida de humanidad en el presente y a la ruina completa en la eternidad; creo a pesar de todo que la puerta estrecha que Él aconseja lleva a la vida (Mt.7,13-14)

 

4. “BRILLAR COMO LUCES RADIANTES” (NTV): “brillar como antorchas en el mundo” (La Biblia al día). Jesús se nombraba a sí mismo “el Hijo del Hombre”. Sólo podemos ser plenamente humanos a imagen de Jesús. Las gentes necesitan urgentemente que se les recuerde que necesitan a Jesús para ser plenamente humanos. ¿Quién les enseñará a serlo? Los discípulos de Jesús si vivimos como tales. Trayendo esperanza de plenitud de vida para esta vida y para la eternidad. Pero poca esperanza le queda a esta sociedad si también los cristianos damos por buena la sociedad, poca esperanza si la sal (nosotros) pierde su sabor.

Hemos sido salvados por Dios para ser cada uno de nosotros “sin mancha” (Ef.1,4) y para ser juntos una iglesia sin mancha (Ef.5,27). Para presentarnos sin mancha delante de su gloria (Judas 24). Para traer luz a este mundo de oscuridad.

 

Mi respuesta. Suplico al Espíritu Santo que me ilumine a mí, delante de la Palabra, con su luz poderosa, deslumbrante, para que yo pueda ver cada mancha en mi alma por pequeña que sea. Suplico al Espíritu santo que venza todas mis excusas para que pueda reconocer todas las fuentes de suciedad que permito que salpiquen mi alma y me de valor para cerrar esas puertas. Suplico al Espíritu Santo que me permita ver a Jesús como “la estrella resplandeciente de la mañana” (Apoc.22,16), el tesoro por el que gozosamente merece la pena venderlo todo a cambio (Mt.13,44). Espíritu Santo, muéstranos a Jesús en la hermosura de su gloria, “la hermosura del Dios nuestro” (Is.35,2b).